Con una pequeña embarcación crucé a la Isla San Martín, en medio de las Cataratas del Iguazú. Recorriéndola, se pueden apreciar saltos y cascadas que no son visibles desde otro lugar.
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Luego de transitar durante varios minutos el sendero através de la selva, se llega a una especie de patio, con uno o más árboles en el centro, rodeados por bancos que son aprovechados por los turistas para descansar, tomarse una siesta o almorzar.
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Justo antes de llegar a ese pulmón, se escuchaba a alguien -que tenía 200 de salame, 200 de queso y unos panes sobre un banco- balbucear a los gritos con la boca llena: '¡Andate! ¡Andate! ¡Tomátelas de acá! ¡Andate!'
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El sujeto, un turista de zapatillas y riñonera [o sea, bien argentino y bien boludo], le estaba gritando a un lagarto overo mientras el muy hijo de puta lo apartaba con un pie, lo enviaba de vuelta a la selva para que la criatura 'no venga a robar lo que no le pertenece'.
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Una escena repudiable: un extraño sacando casi a las patadas a un ser que pertenece a ese lugar.
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Este lamentable hecho me hizo acordar a los recientes acontecimientos ocurridos en ese yuyerío olvidado de un rincón porteño -ahora mejor conocido como- Parque Indoamericano (¡qué nombre tan paradójico!). Toda la escena era como una versión cover de lo ocurrido en diciembre pasado, una especie de teatralización que hasta parecía adrede.
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Los bolivianos, al igual que otros pueblos originarios, -por más que a muchos les cueste entenderlo- tienen más raices en común con estas tierras y más sentido de pertenencia que cualquiera que se llame González, Rossini, O'Connor o Katz.
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